02/03/2009
“El olor a podrido del pescado nos adormecía”

Juan Contreras, filetero, denuncia a Barillari. Trabaja en La Armonía 3, seudocooperativa que, como Coopenfilmar y Cañamar, procesaba pescado para la flamante empresa concursada Antonio Barillari S.A.

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Por ROBERTO GARRONE
Fotos de GUILLERMO NAHUM | DIEGO IZQUIERDO

Ya no se acuerda cuánto hace que no concilia el sueño con facilidad. Perdió la cuenta, pero son muchas las noches en que Juan Contreras no duerme en paz. Tampoco Cristina, su mujer, ni Alicia, Moncho, ni Toto, como le dicen a Dorico Bento, el delegado dentro de la cooperativa La Armonía 3.

Tampoco pueden conciliar el sueño ninguno de los que se reclutaron bajo esa figura legal ficticia que procesaba pescado para la reciente concursada empresa pesquera Antonio Barillari S.A. Lo mismo ocurre con todos los que cortaban y envasaban para Coopenfilmar y Cañamar, dos sellos de goma por los que nadie respondió en estos días de incertidumbre laboral.

Un tal Castillo es la cara visible de Coopenfilmar, la entidad que hace más de una década está relacionada con la empresa pesquera. Miriam Aleman y Raquel son las referentes de Cañamar, que hace 9 años está ligada con Barillari. En tanto la “señora Cora” es la responsable de La Armonía 3, que hace cinco años procesa para la pesquera. Los “asociados” de esta cooperativa ni siquiera saben cuál es el apellido de la ¿presidente?, ¿dueña?

Hace más de tres meses que la incertidumbre invade a los trabajadores; la angustia que les genera no poder despejar la incógnita de su futuro laboral, marca sus pasos. El subsidio fue una ayuda momentánea. Para eso hubo aportes de la Provincia de Buenos Aires que pagó 3.100 pesos por los salarios caídos a cada uno de los 218 “asociados” de las cooperativas. Luego bajó el subsidio del Ministerio de Trabajo de la Nación: 1.000 pesos para cada uno, en dos cuotas de 500 pesos.

Ahora esperan que se cumpla el Acta Acuerdo que destrabó el conflicto el año pasado y vuelvan a la normalidad de, por lo menos, amigarse con el trabajo. “En estos días entran los barcos, el “Santa Bárbara” y el “D’ambra”, que traen materia prima para que volvamos a filetear”, dice Bento.

La toma de la planta de José Hernández y Juan B Justo –casi en la puerta de Mar del Plata, la ciudad indiferente que se extiende hacia el norte de la Avenida– y su violento desalojo por parte de la policía ya son una historia que Juan Contreras piensa contarle a sus bisnietos, cuando los tenga.

Juan es correntino, cantor y guitarrero. Ya superó largamente los 60 años, pero una cabellera renegrida y bien tupida lo hace parecer más joven. Conserva rastros de su tonada a pesar de que no se acuerda cuánto hace que se radicó en la ciudad. “El último año comenzamos a trabajar mal; pocas veces completábamos la semana de trabajo continuo y teníamos que protestar para tener más pescado. Lo normal eran cuatro o cinco horas, no más, y un pescado muy chico”.

Cristina, su mujer, dice que sí con la cabeza. Tiene 66 años y entró junto con su esposo a La Armonía y a la planta de Barillari. “Hubo un tiempo en que se trabajó muy bien, al principio, y el lugar y las comodidades eran buenas; pero luego todo se fue como descascarando, cada vez estábamos peor”, dice moviendo las manos como en abanico y las uñas pintadas de un color plata emiten destellos cuando se exponen a la luz del sol.

“Cada vez fue más el pescado podrido que teníamos que cortar”, revela Juan. “El calamar que procesábamos era bordó y la merluza se deshacía cuando le pasábamos el cuchillo. Era tan insoportable el olor que hubo veces que los compañeros se descompusieron y tuvo que venir la ambulancia a reanimarlos”.

Cristina da fe, como la media docena de fileteros que están escuchando el testimonio de Juan a unos metros de la carpa montada frente a la planta. “A mí me adormecía el olor a podrido; los ojos se te iban cerrando y no podías reaccionar. Antes de descomponerme, me fui a mi casa. Era tremendo”, recuerda la mujer de Juan.

Alicia es envasadora y no sabe en qué tiempo verbal hablar. Primero dice “trabajo”, pero luego se corrige: “trabajaba” en Barillari, para La Armonía 3. Tiene 52 años, dos hijos y una angustia que invade su cara pálida. “No sé cómo voy a pagar el alquiler el mes que viene”, se pregunta al borde de las lágrimas. La mayor, de 17, que “limpia por hora” y el menor, de 14, “con una changa de yesero” le hacen frente a la adversidad. “Pero son chicos; no puedo cargarlos con una responsabilidad como tener que pagar un alquiler”, se lamenta.

La envasadora confiesa que al pescado podrido que cortaban los fileteros luego le “volcaban mejoradores químicos que lo hacían parecer recién salido del mar. “El calamar que estaba bordó y finito, al día siguiente lucía blanco y relleno”, grafica. “A la merluza la armábamos como un rompecabezas en el interfoliado para que quedara armada hasta que se congelaba. Pero fresca era una papilla”.

En La Armonía 3, junto a Juan y Cristina también trabaja su hijo mayor, con lo cual el panorama para la familia es desolador. “Nos largamos a arreglar la casa el año pasado y estamos empeñados hasta el cuello. Ya tuvimos que refinanciar la deuda y con esto que pasó no sabemos dónde terminaremos”, advierte el filetero. Todos los que lo escuchan asienten en silencio. El que no sacó una moto, compró una heladera o se largó a cambiar el auto.

El acuerdo entre el Gobierno y Barillari no fue fácil. El Delegado del Ministerio de Trabajo en Mar del Plata tuvo que acudir a la policía para obligar a Barillari a sentarse a la mesa de negociaciones. El gobierno provincial aportó 1,5 millones de pesos para que la pesquera abone los salarios caídos. La ayuda apareció cuando el reclamo excedió a los obreros del pescado y llegó hasta los tripulantes y camioneros de su flota.

¿Se presentará Scioli como acreedor de la empresa en el concurso preventivo que se tramita en el Juzgado Nacional de 1 Instancia en lo Comercial Nº16, a cargo del Dr. Jorge Suárez, bajo el Expediente Nº 056592? ¿O el aporte debe considerarse como un regalo de Navidad del gobierno K para el empresario modelo?

Nadie responde estas preguntas en los despachos oficiales. Menos en la calle, donde las urgencias son otras y el subsidio de 500 pesos que cobraron en diciembre y en enero es apenas una gota de agua para un sediento.

El sol calienta el asfalto y anticipa una siesta agobiante. Cristina se queja de la falta de solidaridad y alguien, desde atrás, le pregunta si ella respaldó a los obreros de Giorno, despedidos el año pasado. Ella niega con la cabeza y se nota que siente culpa. También impotencia.

“El desempleo es el principal disciplinador para que se mantenga todo como está y muchos crean que pueden hacer lo que quieren con absoluta impunidad”, dice Marta Scalli, la abogada que representa a los obreros. Ella negocia con Carlos Choco, el joven apoderado de la pesquera, la registración efectiva de los trabajadores. “No queremos hacer juicio, sino recuperar las fuentes de trabajo”.

¿Qué pasa si la pesquera decide activar nuevamente el trabajo en la planta bajo las mismas condiciones, pese a que se habría comprometido a registrar a todos los obreros?

Las palabras de la abogada laboral suenan como una sentencia. Son tan grandes las necesidades de los obreros que difícilmente alguien se niegue a no sumarse a la mesa de corte o envasado.

A pesar del olor a podrido, el pescado chico y el maltrato cotidiano, Juan, Cristina, Alicia, Moncho y hasta Toto, volverán a vestirse de blanco. Porque la necesidad de generar un ingreso es más importante que las condiciones en que lo logran. El alquiler, la heladera, el auto, la moto, el crédito. Motivos suficientes para calzarse las botas y empuñar de nuevo el cuchillo.

Hasta que ese círculo perverso no se rompa, la industria pesquera marplatense será sinónimo de explotación laboral. Francisco Barillari es apenas uno más de la larga lista de empresarios que obtuvieron inmorales beneficios por la vigencia del sistema.

Y hasta que a alguien le importe más la dignidad de los trabajadores que la caja para solventar aventuras políticas y acrecentar fortunas personales, la explotación a los obreros será una marca distintiva, una mancha que el empresariado local ha transformado en un valor agregado para la rentabilidad de su negocio.