02/03/2009
Historias de chicos con hambre

En Mar del Plata hay chicos que se levantan, juegan, estudian, comen, vuelven a jugar y se acuestan, para volver a levantarse al día siguiente, conviviendo con el hambre.

  • 387_1
  • 387_2
  • 387_3
  • 387_4
  • 387_5
  • 387_6
  • 387_7
  • 387_8
  • 387_9
  • 387_10

Por ROBERTO GARRONE | Fotos de DIEGO IZQUIERDO

Es la segunda vez que me topo con Villa Evita y las sensaciones son las mismas que tuve cuando contemplé por primera vez esta hilera de cubos heterogéneos construidos con chapas, maderas, tirantes y cualquier cosa que sirva para frenar el viento. Vistas a la distancia parecen haber nacido de la tierra misma, en paralelo con las vías del ferrocarril que cruzan el terreno en diagonal, frente a la Comisaría 16, cuando la calle Italia rumbea hacia el sur y muere en el asentamiento.

Nadie de todos los que han tenido un cargo ejecutivo en Mar del Plata en estos últimos 30 años puede creer que cumplió satisfactoriamente con el cargo para el que fue elegido o designado, si se da una vuelta por este descampado donde viven más de 1.200 personas. Muchos estuvieron ligados a la industria pesquera como fileteros, peones o changarines. Ahora son las hilachas de un sistema que nunca termina de desmoronarse, aunque para ellos se cayó hace rato. Intentan sobrevivir entre la neblina pegajosa que paren las fogatas donde todo se reduce a su estado natural, abandonados a la miseria y cercados por basura e indiferencia.

Los rayos del sol provocan una sombra alargada en la fila de eucaliptus que bordean la vía y las chapas de las casillas brillan como adornos navideños. Una chancha flaca, con bozal, atada a un palenque, se revuelca en la tierra y levanta una polvareda que se mezcla con el humo negro que nace de una fogata encendida detrás de una pequeña loma. Un caballo blanco, igual de flaco, retoza recién liberado del carro de cirujeo. Sus dueños comienzan a clasificar la carga y apenas saludan con la mano en un acto reflejo. El aire se enrarece a medida que se avanza por el terreno desparejo, esquivando restos de residuos y perros, que los hay de todos los colores y tamaños.

El Centro Comunitario se distingue de la fila de casillas. Es el único cuyo frente de chapa está pintado de un color ajeno al gris y al óxido. Adentro espera un grupo de mamás, cuyos hijos estaban desnutridos, según los resultados de los controles rutinarios de talla y peso realizados en la sala sanitaria de Santa Rita, donde concurren las mujeres de la villa. La noticia ganó la tapa de los diarios a partir del trabajo que realizó la ONG “Jóvenes Solidarios”, un grupo que colabora hace casi dos años en el seno de la villa, con programas de apoyo escolar, alfabetización y el aporte de mercadería que consigue de colectas varias.

Con el diario en la mano llegaron los funcionarios. De todas las áreas y niveles. Todos sorprendidos al igual que yo. Vacunas para chicos y perros y promesas de saneamiento ambiental. Muchos de los que viven en la villa obtienen lo poco que consiguen de la basura y utilizan el terreno lindante como centro de acopio o reducción de metales. Lindante es literal. Al lado de donde viven y duermen hay kilos y kilos de residuos. Los funcionarios además comunicaron certezas para abrir el comedor donde –hasta que cerró durante el 2007, por falta de comida–, almorzaban 88 chicos. También acudieron los medios, pero muchos sólo mostraron la rapidez de reflejos del poder de turno para montar una puesta en escena que denote “preocupación” para resolver “el problema”.

Meses después casi nadie había vuelto a Villa Evita. Pocos funcionarios y menos medios. Y siguen estando, esperando, las mamás con sus hijos desnutridos, o con “bajo peso crónico”, como prefieren definir los especialistas sanitarios de la Municipalidad. Ojalá que esa preocupación y apuro por diferenciar el estado alimentario que tienen estos 17 marplatenses la mantuvieran para garantizar sus derechos más elementales, como alimentarse o tener una vivienda digna, en un medio ambiente igual de saludable.

CHICOS CON HAMBRE

Verónica tiene 31 años y un par de ojos saltones que se mueven al compás de sus manos huesudas. Llegó a la Villa hace 16 meses, cuando compró una casilla por 700 pesos y por un tiempo hizo changas manipulando anchoita. Muestra las marcas de manosear carne con espinas. Vive del otro lado de la vía. Sería el sudoeste. “Tenía una sola pieza y ahora le hicimos otra, de chapa”, detalla. En ese ambiente duermen dos de sus cuatro hijos. Francisco, de 4 años y Matías, de 22 meses, que forma parte de la lista de 17 casos detectados por los jóvenes solidarios.

Con esa edad Matías pesa 11 kilos. “Pesaba menos”, cuenta la madre, mientras prende un cigarrillo rubio y murmura algo incomprensible. Larga la bocanada de humo y prosigue la historia. Que las mayores son nenas: Wanda (11) y Brenda (9), que viven con su abuela porque ellas no las puede mantener –“están mejor… no es lo que a mí me gusta, pero lo hago por ellas…, las veo seguido”, dice revoleando los ojos–, que se ligó las trompas en el último parto, que antes alquilaba y el marido, que trabaja con la fibra de vidrio, perdió el empleo informal que tenía y tuvieron que llegar hasta acá, donde sobreviven cirujeando “en la calle o en la quema”, como Verónica llama al Predio de Disposición Final de Residuos donde rebalsan miles de toneladas de basura a cielo abierto desde hace más de una década y media. “Salieron algunas changas como peón en una planta pesquera, pero hace mucho que no lo llaman”, asegura.

La mejora de Matías coincidió con la llegada de comida desde la Secretaría de Desarrollo Social. El aporte se agotó a los pocos días que se fueron los medios y condenó al bebé a comer sólo una vez por día. “Sopa o guiso, para más no hay”, confiesa Verónica. Los jóvenes solidarios llevan donaciones, pero tampoco alcanza para que los chicos prueben todos los alimentos de la pirámide alimenticia. “Carne, si es picada, una vez al mes; no se puede así ¿vio?…”, especifica la mamá. Matías pasa a su lado y le regala una sonrisa para poner en un portarretrato. Verónica se seca las lágrimas con su mano huesuda.

Lucas Santeiro es uno de los integrantes de Jóvenes Solidarios y ofició de llave para poder ingresar a Villa Evita. El grupo realizó un censo en 65 de las 120 familias que viven en una zona cada vez más amplia. El asentamiento se extiende hasta Jara hacia el oeste y pasa la 31 por Vértiz hacia el noreste, dibujando una diagonal de pobreza y desolación. Todos están colgados de la luz, en algunas casillas hay agua corriente y el gas, sólo en garrafas para lo imprescindible. En muchas construyeron salamandras caseras con caños de metal para atemperar el frío invernal, que no tiene obstáculos cuando corre montado al viento sur.

“Cada vez somos más”, reconoce Mercedes, la dueña de la casa donde funciona el Comedor. Trabajaba en el pescado, como su marido, pero la crisis en el sector los tuvo entre los primeros damnificados. Ahora hace una changa de vez en cuando. El resto de las horas las consume cirujeando. “En la quema cada vez somos más y no alcanza para todos; encima lo que juntamos no vale nada y la comida cada vez cuesta más cara”, resume sus penurias. “Fideos, polenta, arroz, papa, no podemos salir de eso”, dice como si describiera los obstáculos en un laberinto del que nadie escapa.

En el ambiente contiguo un televisor muestra imágenes, pero con mala definición. El enganche al cable está flojo. Igual se deja ver, aunque en realidad no lo está mirando nadie. Parece un objeto fuera de lugar. Muestra imágenes del Paseo Costero, que será remozado a partir de un crédito “ventajoso” de 5 millones de pesos que tomará la Municipalidad con el Banco de la Provincia de Buenos Aires. El mismo circuito urbano que ya fue puesto en valor para la Cumbre de las Américas… hace apenas 4 años. El tiempo y sus misterios ancestrales. Para algunas cosas pasa volando, mientras que para otros, como Matías, o Verónica, o Brenda, no llega nunca. ¿Cuándo será el tiempo para los vecinos de Villa Evita? Creo que Evita pasó de tiempo.

Aunque se sabe de memoria cada capítulo de la historia de padecimientos de Verónica, la de Romina o Mercedes, Lucas escucha con la atención de un recién llegado. “María del Carmen Viñas prometió reactivar el Comedor Comunitario para que los chicos tengan al menos dos comidas diarias, pero ni siquiera cumplió con la provisión de una copa de leche”, informa el voluntario.

El comedor se sigue poblando y ya no alcanzan las sillas. Las madres se apoyan sobre una especie de mesada que contiene una heladera que en otro tiempo supo ser blanca. Los chicos están vitales, lo que a esa edad significa que no se quedan quietos ni un segundo. La abanderada del grupo es Lucila Suárez, 4 años y dueña de una belleza con destino a catálogo de Chekky. Rizos rubios, ojazos verdes y una sonrisa dibujada en su carita redonda.

Pero a Lucila su belleza no le da de comer, ni la cura. Es celíaca y necesita ingerir alimentos diferentes que la nutran y le permitan crecer sin padecimientos. Pero en este ambiente de vulnerabilidad suprema, es una utopía y su destino está lejos de las grandes marcas de ropa. “Apenas pesa 12,250 kilos”, precisa su mamá, Rocío, que tiene 19 años, la misma cara redonda que su hija, y le falta un incisivo central en su dentadura.

Lucila está desnutrida para la estadística que manejan los profesionales de la Secretaría de Salud, aunque su madre no sabe cómo encarar el tratamiento. O lo que es peor: aunque lo supiera, no tiene manera de llevarlo adelante porque no dispone de los recursos para comprar los alimentos indispensables. “Cobro el Plan Más Vida, que son 100 pesos al mes. Con eso tengo que alimentar a la nena y a sus tres hermanos”.

SENTIDO COMÚN Y OTRAS FALENCIAS

Las mamás se quejan del (mal) trato que reciben en la sala sanitaria. Cuentan que las discriminan porque los chicos llegan sucios, que los tratan de villeros y que pocas veces regresan a sus casas con los remedios para curarse una gripe. En la Unidad Sanitaria también falta sentido común. “Me recomendaron que a mi hijo le dé Nestum y Actimel”, cuenta una de las mamás. Se llama Roxana, tiene 28 años y es una de las últimas que llegó al comedor. Viene de la quema, donde juntó, separó y acopió residuos desde la madrugada. La ropa la delata pero la luce con dignidad. Cuando habla me mira a los ojos. Mauro se llama su hijo de 3 años. Pesa 11,900 kilos. “Me piden que les dé queso o que le ponga aceite a las comidas”, dice, y se lamenta porque la bolsa de alimentos que recibía en la Sociedad de Fomento –no sabe quién la mandaba– no tenía nada de eso. “Comen pollo si a mi marido le dan las carcazas cuando limpia una pollería, pero es una changa de vez en cuando”, avisa Roxana.

“A mí me pidieron que lo bañe con jabón Dave, que es neutro y no sé que otra cosa más…”, recuerda Mercedes, que tiene a uno de sus hijos con repetidas lesiones en la piel. Estas originales sugerencias emitidas por los profesionales de la Unidad Sanitaria fueron confirmadas por el secretario de Salud, Alejandro Ferro, cuando visitó la Villa al momento de iniciarse la vacunación en terreno.

A estos mismos profesionales de la salita le apuntan las mamás del barrio y los acusan de haber cometido gruesas irregularidades al momento del segundo control de talla y peso que les efectuaron a sus hijos. Las autoridades de la Secretaría de Salud promovieron este operativo para determinar la veracidad de las acusaciones de la ONG. Con los resultados en la mano, aseveraron que no había tantos casos de desnutrición como había informado los jóvenes solidarios.

“A muchos chicos los pesaron con la ropa puesta, hasta con zapatillas y buzos. Así fue que subieron hasta 2 kilos cada uno…, cómo no van a subir”, denuncia Romina, que tiene 18 años, tres hijos y la promesa de que Gilda es “la última”. La gorda ya cumplió el año, pero observa la charla desde el carrito porque todavía no camina. Ni siquiera se para. Gilda pesa apenas 5 kilos, lo que cualquier bebé bien nutrido, que vive a 2 cuadras de la casilla de Romina, alcanza a los 2 meses de vida.

Alejandro Ferro reconoce lo dicho por esta mamá. “Fue una pediatra que pesó a algunos chicos con ropa. Lo corregimos y los volvimos a pesar”, contesta. “Relevamos a 115 chicos de Villa Evita, de los cuales 6 presentan problema de peso: tres con bajo peso crónico, dos desnutridos y una nena que es celíaca”.

El funcionario confiesa que nunca los médicos de la Sala que atiende a la población de la Villa habían conocido el contexto social y ambiental en que viven estos vecinos. “Ahora nos metimos en el terreno y vamos a intentar dar una respuesta real y sustentable en el tiempo”, asevera el Secretario, que advierte que se tienen que corregir aristas puntuales, como la cantidad de alimentos que reciben, la calidad de esos alimentos y los subsidios que llegan. “El poder adquisitivo se ha licuado en los últimos meses y 100 pesos hoy no son lo mismo que a principios del año pasado”, confiesa.

“Hasta ahora no ha llegado ninguna ayuda de todas las prometidas a la Villa”, advierte Mercedes, la dueña de casa, y Lucas asiente con la cabeza. De pronto el comedor estalla en silencios. Cobran nitidez los gritos de los chicos que juegan afuera. El sol se despide de la tarde y el viento parece despertar.

“La problemática del desarrollo infantil en los sectores con necesidades básicas insatisfechas o en estado de pobreza, es una preocupación central de nuestra gestión. Por esa razón ya está en marcha el convenio con la Fundación Conin y estamos coordinando con la Nación y con la Provincia la implementación en la ciudad de Mar del Plata de los planes Nacer”, puntualiza el Secretario de Salud.

“Ni siquiera vinieron a matar las ratas; que son enormes”, agrega Roxana. Lucas indica que una de las promesas de los funcionarios fue enviar a los inspectores del departamento Control de Plagas para realizar un operativo de desratización. Las otras tienen que ver con terminar de emparejar el terreno para transformarlo en un espacio verde con juegos recreativos y abrir la calle para que siga corriendo Camusso rumbo al sur.

“Trabajamos por una Mar del Plata para todos, cada vez más justa e igualitaria, con inclusión social”, repite cada vez que puede el intendente municipal, Gustavo Pulti.

Pero la misma ciudad que recibió la final de la Copa Davis, con un respaldo multisectorial impactante, tiene a 20 cuadras del Estadio Polideportivo chicos que deambulan con bajo peso crónico, desnutridos o, peor, con el futuro hipotecado.

Una cosa no tiene que ver con la otra, dicen los que jamás priorizaron “la otra cosa” porque de haberlo hecho, Villa Evita no existiría. ¿O sí? No hay nada más importante que garantizar la alimentación de todos los niños marplatenses que sobreviven con hambre. Ni siquiera que por esto de la Davis se hablara hasta en China de Mar del Plata. ¿O sí?

Contrastes de dos ciudades que, lejos de reconocerse, parecen enemistadas y abren el interrogante. ¿Gestión o slogan publicitario?

Mientras encontramos la respuesta, chicos de Mar del Plata se levantan, juegan, estudian, comen, vuelven a jugar y se acuestan para volver a levantarse al día siguiente. Son los de Villa Evita que lucen condenados a convivir con el hambre.