07/02/2019
“Se perdió la cultura del trabajo”

No lo dice una empresaria sino una filetera con 43 años en el sector a la que le hicieron aportes solo durante 7 años. Mónica Neuvinger cuenta que ya están acostumbrados a trabajar en negro y se lamenta de que la precarización laboral los haya llevado a la necesidad de recibir subsidios y éstos a la pérdida del oficio.

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Por Karina Fernández Fotos Diego Izquierdo

Mónica Neuvinger tiene 59 años y desde los 16 años trabaja en el pescado pero solo cuenta con siete años de aportes. Conoció la época de esplendor de la industria, la cooperativa y la precarización laboral; hoy trabaja en negro pero ya no se queja, está acostumbrada. Desde hace unos años viene observando un cambio en el perfil de los trabajadores que considera el gran impedimento para el sector de los fileteros vuelva a ser lo que fue, incluso aunque hubiera pescado para procesar. En ese contexto, Mónica considera que los subsidios son un mal necesario que terminó con la cultura del trabajo.

“Conocí casi todas las etapas por las que pasó este sector y veo que hoy es un desastre”, dice Mónica mientras convida de sus mates en la cocina comedor de su casa, la que construyó junto a su esposo Manolo con esfuerzo y gracias al fruto de interminables horas de trabajo en las plantas de fileteado.

Habla del pasado con nostalgia, incluso de la época más oscura de la Argentina, porque en función de las relaciones laborales considera que increíblemente fue la mejor: “En la época de los militares estábamos en blanco, nadie estaba en negro, sobraba el trabajo; pero luego con Alfonsín se firmaron los Acuerdos Marco y se abrió la puerta a los congeladores. Ahí empezó en parte nuestra desgracia porque quitó trabajo en tierra”.

La llegada de los congeladores al caladero argentino fue muy resistida en las décadas de los ochenta y noventa por el Sindicato de los Obreros del Pescado (SOIP), en el que Mónica era un miembro activo. Creyó, como muchos dentro del SOIP, que la llegada de Menem al poder los empoderaría por la relación que el entonces secretario general del gremio, Abdul Saravia, tenía con el Presidente. Pero ocurrió todo lo contrario y Mónica lo vivió como una traición.

“La gran traición fue la de Menem, que metió la Ley Penal Tributaria que obligó a las empresas a ponerse al día con los aportes. Yo estaba trabajando en Arpemar, la empresa de Oscar Fortunato que tenía 1000 personas y hacía 10 años que no hacía los aportes. Decretaron la quiebra que luego se consideró fraudulenta y nunca cobramos, al final todas las empresas terminaron arreglando con los del gobierno”.

Mónica se enfurece cuando nombra los cargos públicos que ocupó después de aquello quien fuera su patrón, situación que se mantiene hasta el día de hoy, ya que Oscar Fortunato oficia desde 2016 como representante del Poder Ejecutivo en el Consejo Federal Pesquero.

“Después de eso, Menem le abrió las puertas a las famosas pseudocooperativas, donde terminamos la mayoría. Hubo gente que creyó, pensó que íbamos a ser empresarios y nos fundimos todos. Lo peor de todo es que hasta ahora, después de todos los años transcurridos, nadie le puso el cascabel al gato, todos seguimos en la misma, en negro, sin jubilarnos, sin obra social, comprándonos los cuchillos, la chaira, el acrílico, las botas y hasta el delantal”, se lamenta y se sirve otro mate para sacarse el sabor amargo de sus palabras.

La falta de aportes a pesar de habérselos descontado, no fue patrimonio de Arpemar: en sus 43 años de trabajo la mayoría procedió de la misma manera y ahora, cuando su cuerpo está cansado y necesita parar, no puede hacerlo porque no llega a cubrir el mínimo de aportes. Los años en pseudocooperativas son un problema, pero también los que estuvo en blanco.

“Yo trabajo desde los 16 años pero tengo solo siete años de aportes y me están tomando también los últimos años de monotributo. La ley dice que debemos tener 15 años de aportes pero en la pesca son muy pocos los que lo tienen. Las fábricas no los hicieron… Da tanta bronca haber trabajado tantos años y ahora no poder jubilarse”, dice, y apoya con fuerza el mate sobre la mesa.

La lucha por la registración laboral de los trabajadores del pescado llenó muchas veces las calles de Mar del Plata. Se embanderaban asiduamente las puertas del Ministerio de Trabajo y de la Municipalidad pero desde hace unos diez años el reclamo fue enmudeciendo. Mónica es categórica: “Ya estamos acostumbrados a trabajar en negro”.

Se lamenta del deterioro que sufrió la relación laboral pero a pesar de ser una víctima de la precarización laboral, cree que a las pseudocooperativas y el trabajo en negro se llegó, primero por un grave error del Sindicato al quitar el presentismo y luego por abusos de los propios trabajadores.

“Muchos años atrás existió el presentismo pero el Sindicato cometió el error de unificar los ítems, ahí fue el principio del fin porque el que se iba por enfermedad cobraba lo mismo que el que trabajaba. Empezó a haber accidentados y quienes se accidentaban adrede. Ahí empezó el acabose, los problemas con los empresarios… y cuando llegó la cooperativa les cayó como anillo al dedo, pero debemos reconocer que también hubo abuso del trabajador”.

Una vez que el empresariado pudo librarse de la relación de dependencia lo hizo y la mayor parte de los trabajadores quedó bajo ese precario sistema de relación laboral que devino, con el correr de los años, en una precarización del oficio. Cuenta Mónica que fue precisamente con el menemismo cuando empezaron a recibir habitualmente subsidios porque la situación social era cada vez peor; y cree que fueron precisamente estos paliativos los que terminaron por arruinar el gremio.

“Hoy hay ausentismo tanto en la gente en blanco como en negro, estamos muy complicados. Lo que uno escucha en el horario que transmite la radio a las ocho de la noche no se debe escuchar en ningún otro lado, piden por favor que no falten porque hay mucho pescado, a fulano que no se le duerma el gallo…”, dice riendo, como no pudiendo creer lo que relata; y  luego de una pausa agrega: “El problema en un punto son los subsidios pero también si nos sacan los subsidios nos morimos todos y lo saben, por eso les dan continuidad”.

Ella más que nadie sabe que sin subsidios y con la falta de continuidad laboral de los últimos años, no podría subsistir; pero ve claramente que las consecuencias del asistencialismo han sido fatídicas para la clase obrera.

“Se está perdiendo el oficio, la gente joven no quiere trabajar en esto, es muy sacrificado. No se cobra mal si hay continuidad pero si trabajamos dos días no rinde. Los fileteros de hoy no saben hacer pescado de banquina, algunos ni merluza, tampoco tienen las herramientas para hacer trabajos finos porque nos las tenemos que comprar nosotros. Los jóvenes tienen otra mentalidad y la droga es un problema en este ambiente, están viviendo el día a día, no buscan hacerse un futuro. El sector fue dejando de ser lo que era, se perdió la cultura del trabajo, pero también perdió en educación, en responsabilidad. Parece mentira pero los más viejos somos los más rendidores, los que menos faltamos, es una pena…”, dice llegando al final de esta charla y mientras el sol también cae tras nosotros.

Por última vez mirará hacia el pasado y soltará con resignación: “El sindicato está quieto, la gente está quieta porque ya se conforma con los planes y atenderse en un hospital público, esto cambió mucho. Ya no tenemos cómo recuperar el sector a lo que fue”.