21/11/2019
«La jubilación me alcanza para pagar los impuestos»

Daniel Octavio Rojas tiene 61 años y desde hace casi 40 trabaja como estibador en el puerto marplatense. Se jubiló anticipadamente pero tuvo que volver al muelle porque con la mínima no llega a fin de mes. Un caso que se repite.

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Por Roberto Garrone Fotos Diego Izquierdo

El fresquero María Gloria acapara todos los movimientos sobre el muelle de Deyacobbi este martes caluroso de noviembre. Dos camiones de culata cortan el tránsito vehicular de quien quiere circular hacia el oeste.

Estibadores de la cooperativa “Portuarios”, parados sobre los semirremolques van recibiendo la carga. En uno van los que tienen rayas y en otro la merluza. Esa es la carga que completan los 3 mil cajones de uno de los pesqueros de ‘Carpincho’ García.

“Más algunos abadejos”, reconoce el representante de la empresa que sigue de cerca la operatoria a la sombra de un utilitario, junto a uno de los inspectores del Distrito, que viste una pulcra chomba blanca y se acomoda a la sombra del guinche para esquivarle al sol.

Daniel Rojas integra la mano que acomoda los cajones de merluza. Luce un pantalón de jogging y una musculosa blanca que corona con un gorro tipo “piluso” que deja ver algunas canas. Advierte al fotógrafo y le regala unas morisquetas. Parece el niño mimado del grupo.

Rojas tiene 61 años y aunque nació en Formosa, de chico llego a Mar del Plata acompañando a sus padres. Cuenta que es estibador desde el año 79. “Casi 40 años”, acota luego de sacar la cuenta. Ya se jubiló con un régimen especial por tarea insalubre pero la crisis lo devolvió al muelle, donde dice sentirse vivo y querido.

“Al principio era contratista y hace 29 años que soy socio de la cooperativa que sigue aportando la jubilación pero no me pagan más”, lamenta.

“Me pagan la mínima; 14 mil al mes con el último aumento”, dice luego de chequear el dato con uno de sus compañeros. No es el único que tuvo que volver a calzarse los guantes y hacer fuerza entre cajones de pescado.

“En la cooperativa somos 40 socios y 15 son jubilados”, revela Daniel luego de tomar un sorbo de una gaseosa naranja que oficia de refresco colectivo para el grupo. “Me vino 6 mil de luz, 4 mil de gas. Agua y la tasa municipal… con la jubilación me alcanza para pagar los impuestos que subieron una locura”, dice.

Rojas ya no está parado en el camión. Le toca el descanso y fue relevado por un compañero. Pero Daniel no descansa. Saca unos merluzones grandotes acomodados en un cajón al pie del camión y busca un cuchillo bien parecido a un machete. La hora debe medir más de 30 centímetros.

Sobre una tabla de madera, al lado de la garita que oficia de centro de aprovisionamiento para los estibadores, Rojas descabeza y corta como corta quien hace años y años que corta pescado. Primero la cabeza, luego la espina dorsal para avanzar por el lomo hasta el abdomen y despegar la carne fresca de la espina dorsal. Una naturalidad adquirida por los años y en un par de movimientos la propina se convierte rápidamente en 6 filetes que deben pesar más de kilo y medio cada uno.

“Siempre estuve en el fresco”, acota como para avalar ese filetero escondido bajo el gorro de “Piluso”. “En verano hago algunos jornales en el calamar pero me gusta más acá”. Daniel habla pausado, se acerca para oír mejor mis preguntas, y se vuelve a alejar para seguir limpiando el cuchillo y la tabla.

En el grupo que lo acompaña esta su hijo. Aunque le hubiese gustado que estudiara y encontrara otro oficio, creo que está feliz de tenerlo cerca. Daniel no abre la boca, solo regala otra mueca.

Al María Gloria le quedan pocos cajones en bodega y Rojas vuelve a subir a la culata del camión. Para el estibador jubilado, la jornada laboral no terminó.