10/02/2020
De un reclamo laboral a una detención policial y causa por amenazas

La historia de Yonatan Ávila, un filetero de la planta Efepez de Mar del Plata. Discutió con la encargada y mientras esperaba que llegaran dirigentes del SOIP ingresaron al comedor del establecimiento efectivos de la Comisaría Tercera y se lo llevaron esposado y detenido.

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Por Roberto Garrone Fotos Diego Izquierdo

Yonatan Ávila es un filetero que el viernes pasado fue a cortar meluza a la planta Efepez, en José Hernández 10, casi Juan B. Justo y luego de discutir con la encargada, terminó siendo desalojado del comedor de la fasonera por una comitiva de cinco policías de la Comisaría Tercera.

Los efectivos no solo ingresaron al establecimiento sino que lo esposaron y así lo trasladaron hasta la dependencia policial. Durante más de dos horas estuvo arriba del móvil policial hasta que se le notificó una causa por amenazas. Luego fue liberado por intervención de dirigentes del SOIP aunque recién esta semana pudo recuperar el cuchillo, su herramienta de trabajo.

El caso de Yonatan, treinta años, cinco hijos y una antigüedad de seis años como filetero de esta fasonera que regentea Liliana Pineda, es toda una singularidad en una industria donde los conflictos laborales, hasta ahora, no se dirimían con la intervención de solícitos policías ni en ámbitos judiciales.

REVISTA PUERTO se reunió con el trabajador del pescado hace unos dias. Yonatan todavía parece acelerado por el trance que le tocó vivir. Primero aclara que “Efepez no es una cooperativa sino una planta clandestina”, donde trabajan 18 fileteros y 4 peones, les pagan al finalizar, sin ningún tipo de beneficio social ni cobertura médica. La materia prima va al mercado interno, CABA y capitales de provincia norteñas y de Cuyo.

Las relaciones entre Ávila y Pineda eran tensas desde el año pasado aunque terminaron de romperse hace un mes.  Yonatan se tomó una semana de vacaciones y cuando volvió fue suspendido por dos semanas. “No es que fui un día y después falté. No fui directamente pero me suspendió igual, me dejó sin trabajo porque se le ocurrió”, refiere el obrero.

Ella, Pineda, es la dueña del establecimiento, la jefa de personal, la que baja el pescado, la que abre y cierra la puerta del comedor para el cuarto de descanso y la que paga al finalizar. “También la que nos verduguea y a mí el verdugueo no me va. Yo quiero trabajar, rápido, terminar, cobrar e irme a mi casa o a hacer otra changa… acá todo era lento, sobre todo para pagarte”, aclara el filetero.

El primer día del regreso de la suspensión, el jueves 30, la encargada le llamó la atención por no tener las botas limpias. “Vi que la tenía contra mí porque vos tenés que ver lo que es eso… dijo que venía SENASA… nunca vi ninguna inspección de SENASA ni de nadie”, sostiene Yonatan y cuenta que se puso a cortar “merluza podrida que tenía sobre su mesa de trabajo”. Formaban parte de unos 40 cajones que habían quedado del lunes.

“Me dijo que no cortara ese pescado, que había que tirarlo, que había pescado fresco. Pero yo en la mesa tenía ese podrido y alguna vez ya cortamos ese pescado y después lo lavan y no sé dónde lo mandan. Otra vez volvimos a discutir y me dijo que me vaya que no me quería ver más”, recuerda el obrero.

Más allá de las precarias condiciones laborales, lo bueno de Efepez era que Yonatan podía trabajar casi toda la semana. Pinedo siempre compraba entre 300 y 400 cajones de merluza por semana y alcanzaba para lunes, martes y unas horas del miércoles. “Yo no faltaba nunca y era el más rápido de todos. Le entregaba más del 50% de rendimiento. Soy el mejor que tiene”, dice convencido.

Al día siguiente, el viernes que terminó detenido y esposado por la policía, volvieron a discutir y Pineda le vuelve a pedir que se vaya, que no lo quería ver más. Yonatan se acuerda que tiene que alimentar a sus hijos, que no podía quedarse en la calle, y se va al comedor mientras marca el celular de un conocido del gremio. Quería que llegaran para intentar solucionar el problema con la encargada.

Pero los que llegaron al vestuario a las 6 de la mañana de ese viernes fue una cuadrilla de policías de la Tercera quienes lejos de comprender el reclamo, lo esposaron y se lo llevaron “por las malas”; como le había dicho el jefe de calle en la negociación previa.

Yonatan no estaba armado más que con sus ganas de conservar el trabajo y la indignación que le generaba la prepotencia policial. El cuchillo lo había dejado junto a la mesa de corte. La moto con la que todas las mañanas llegaba desde el barrio Las Heras, estaba en un patio trasero. “Me informaron que tengo una causa penal por amenaza con arma blanca. Ni lo agarré al cuchillo porque me rajó ni bien llegué”, aclara el obrero.

Esposado, el filetero que esperaba por los dirigentes del SOIP permaneció dos horas dentro del móvil policial en la puerta de la comisaría. Cuando se bajó recibió la advertencia de que ni se le ocurra volver a la planta porque le iría peor. “Les dije que iba a volver a buscar mis cosas y se pusieron peor”, reconoce.

Con la intervención de los dirigentes del SOIP, Yonatan pudo retirar su moto. Para que devuelvan el cuchillo tuvo que esperar más tiempo. Llegó envuelto en un sobre con los datos del caso de flagrancia por amenazas que tiene a Yonatan Damián Ávila como imputado.

“Una cagada total”, reconoce el filetero, que dice que consiguió una changa en otro lado pero es por un día por semana. “Necesito trabajar más tiempo para darle de comer a mi familia. No creo que todos los empresarios sean como esta mujer, que ni empresaria es, pero te trata como si vos fueras un animalito. Soy el que más temprano llegaba y el último en irse. Soy el mejor de todos”, reitera.

Las conversaciones entre Pineda y Yonatan ya no transcurren con los policías de la Tercera como intermediarios sino que se ha fijado una audiencia en la delegación local del Ministerio de Trabajo bonaerense.