25/06/2020
Pesca de subsistencia en Santa Clara del Mar

La imposibilidad de ingresar al mar para los gomones a partir del estado de pandemia y la imposición de la cuarentena obligatoria desde el mes de marzo, significó para los pescadores de la localidad el cierre de su fuente de ingresos. Cuando el pueblo ingresó en Fase 5 hace 15 días pudieron comenzar a salir en kayaks y eso morigeró su crítica situación.

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    Hernán Soto, presidente del Club de Pescadores de Santa Clara del Mar.

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Por Karina Fernández Fotos de Malena Nahum

Son todos muy jóvenes y desde hace varios años pescan con línea de mano en gomones, especialmente a partir de marzo cuando los turistas se retiran y los ingresos se terminan. La temporada de pescadilla y corvina les sirve para subsistir en el invierno pero este año, como consecuencia del Covid-19, debieron dejar las embarcaciones en casa y esperar la ayuda que pudiera llegar para poner todos los días un plato de comida en la mesa. Hace quince días Santa Clara del Mar ingresó en Fase 5 porque nunca tuvo casos, pero la posibilidad de sacar los gomones sigue vedada porque la matrícula es de turismo (REY). Como paliativo, un grupo de jóvenes comenzaron a salir en kayak, una experiencia nueva para todos, que obliga a los pescadores con más años a vigilarlos desde la costa para acudir ante el menor inconveniente. La pesca de subsistencia que realizan les permite asegurarse un plato de pescado y obtener un dinerito por el día de pesca. Para sacar los gomones antes deben ser aceptados como mercantes y están a la espera de los resultados de las inspecciones. Por imposición de la pandemia se les presenta el desafío de constituirse en pescadores artesanales y ordenarse, lo que puede ser un interesante desafío para la comunidad santaclarense.

Es miércoles por la mañana y las pocas lanchitas amarillas que quedan de Mar del Plata, navegan muy cerca del puñado de kayaks de Santa Clara. Aprovechando el último día bueno de la semana, según el pronóstico, los más jóvenes se fueron al agua. La cercanía de una de las lanchas genera preocupación en la orilla, “van y vienen muy cerca de los pibes, están locos” dicen.

Temen que alguno caiga al agua por el oleaje como ya pasó días atrás. “Hace unos días tuvimos que ir a buscar a uno que ya no es tan joven y se le dio vuelta el kayak cuando una lancha le pasó cerca, es peligroso, tenemos que estar todo el tiempo atentos”, cuenta Hernán Soto, presidente del Club de Pescadores.

Si bien la maniobra que realizan las lanchitas amarillas es imprudente y riesgosa para los kayakistas, no es producto de malas intenciones, todo lo contrario. “Sí, estaban muy cerca las lanchas, nos hacían señas de que el pescado estaba justo donde estaban ellos. Nos decían que nos acercáramos, pero no podemos, para nosotros es muy peligroso”, cuenta Lucas.

Entran al mar todos juntos para cuidarse y seguir las indicaciones del más ducho; desde afuera, un instructor que suele dar clases de kayak en temporada les va señalando los tiempos de remada y espera. Le hacen caso. Lo mismo ocurre al regreso: “Esperá que pase la serie atrás y después remá con ganas”, les grita Joel desde la escollera.

Van llegando con la ola a la orilla, de a uno, y comentan las dificultades que encontraron; están contentos de aprender algo nuevo. A pesar de llevar muchos años en el agua nunca habían remado. Las bolsas tienen bastante pescado y rápido suben a buscar los cajones para acomodarlo.

Fue un buen día de pesca; si bien el viento solo los dejó permanecer en el mar por unas horas, alcanzaron a llenar un cajón. En jornadas mejores, logran completar hasta un poco más de dos cajones. Les pagarán entre 35 y 40 pesos el kilo de pescado entero, los que hagan filet en sus casas y salgan a vender por el pueblo lograrán juntar unos pesos más. Esto les permite salvar los gastos del día para que en la mesa no falte nada.

“Esto da un pequeño respiro pero no alcanza para pagar las cuentas, para tener internet para que mis hijas puedan seguir las clases… no quiero tener solo pescado para comer, necesito pescado para pagar otras cosas”, dice Pablo, un pescador de Mar Chiquita que espera noticias del trámite para la inscripción de los gomones en la matrícula M.

Esta semana fueron inspeccionados por la Prefectura Naval y ahora cuentan las horas para conocer los resultados. De ello depende la posibilidad de volver o no al agua. Si se cumplen los requisitos mínimos de seguridad podrán comenzar a pescar de forma legal por primera vez. Esta nueva matriculación los encuadrará en la pesca artesanal con las obligaciones que ello implica pero también con los beneficios.

Dejar de ser embarcaciones deportivas no es algo que los convenza a todos. En verano, el ingreso mejora por la afluencia de turistas. Pero el invierno es muy largo; ya no pueden seguir en la marginalidad y la situación de pandemia los dejó acorralados. Solo así podrán ser considerados actividad esencial.

El desafío mayor que se les presenta es poder mantener ambas matrículas, precisamente por su condición de artesanales. La alternancia de actividades no debiera ser un problem siempre y cuando se respeten límites de preservación biológica, como la pesca con devolución de ejemplares juveniles. Lo que podría ser, además, un interesante proyecto de educación para el Estado y para organismos internacionales como la FAO.

En la calle, sobre el mediodía, unos pescadores esperan a sus compañeros para ver cómo les fue. Ellos no se metieron, todavía no están duchos y la canoa que compraron con la pesca de la semana pasada no tiene la misma flotabilidad que las de plástico. Luis tiene 38 años y desde los 18 se mete a pescar en Santa Clara. Vive la contradicción de pasar a estar visible y espera que sea mejor, que pueda tener algo justo por el producto de calidad que trae, pero tiene dudas de que sea mejor que lo que ya conoce.

Un joven que lo acompaña dice que tiene que terminar la secundaria para poder estudiar en la Escuela de Pesca y tener la libreta… “El tema es que si sacan la libreta se van del pueblo, se van a embarcar en los de Mar del Plata, no se quedan acá”. Pero más tarde, ‘Chiqui’ dirá que eso puede pasar pero que si le preguntan a él ni loco deja esta forma de vida, que prefiere pescar acá que irse tiempo de la casa; y otros están de acuerdo con él.

Si de las crisis surgen oportunidades como se dice, esta quizás sea una para la comunidad de Santa Clara del Mar y sería interesante que se comenzara a trabajar seriamente desde el inicio y con premura para conseguir resultados positivos. Pensar un futuro con una actividad pesquera de escala artesanal y sustentable, con puntos de primera venta de la mayor calidad de pescado, restaurantes sobre la costa, no debería ser una utopía.

El vínculo de gran parte de los chicos del pueblo con el mar es cosa seria. Crecen de agosto a mayo en la playa, jugando en la orilla, surfeando o pescando desde muy chicos. No hay peligros serios, cuando se es niño el pueblo los cuida y el agua, para ellos, nunca está tan fría como parece. Una posibilidad de desarrollo es una invitación a quedarse y crecer. Los recursos económicos para acompañar este tipo de proyectos sobran en el mundo, lo que suele faltar es gestión y cabezas que lo lleven a la práctica. Y Santa Clara no parece ser la excepción.