28/05/2021
“Que se investigue y se llegue a la verdad”

Los hijos de Manuel Quiquinte se reunieron en Mar del Plata donde pidieron ayuda al SiCoNaRA para poder recuperar el cuerpo del oficial de máquinas. Lo recordaron en la banquina chica del puerto.

Revista Puerto - Mar del Plata - Familia Quiquinte - 02
Por Roberto Garrone Fotos Diego Izquierdo

Ayer se cumplieron 22 días del fallecimiento de Manuel Quiquinte y se aguardaba que el juez federal que entiende en la causa le tome declaración a José Alejandro Dirrolo, el capitán del potero Xin Shi Ji 89, el máximo responsable de no haberle brindado asistencia al oficial de máquinas, no volver a puerto ni avisar a Prefectura.

Muy lejos de Río Gallegos, donde la justicia busca pruebas y recolecta testimonios para reconstruir las últimas horas con vida del oficial de máquinas, en Mar del Plata se reunieron los hijos del trabajador marítimo para tomar contacto con sus pertenencias y pedir ayuda para seguir de cerca los pasos que da la justicia allá en el sur, tan lejos.

Los hijos, y algunos nietos de Manuel Quiquinte, sostienen su foto en la banquina chica del puerto de Mar del Plata, ciudad a la que el oficial de máquinas había elegido para vivir y desarrollar su carrera profesional.

Ahí parados cerquita uno del otro, como para darse apoyo y que nadie sucumba, Andrea (42), Rocío (37), Marta (38), Simón (40), Maricel (35) se sostienen en la foto de Manuel, que sonríe desde la imagen ampliada pegada en un cuaderno de espiral.

Saco, camisa, corbata azul celeste al tono. Bien peinado con esa cabellera oscura y tupida, que remataba una frente amplia y ojos achinados. Manuel era prolijo y meticuloso hasta para ir a tomar un café.

Sus hijos heredaron esa impronta. Posan con una mezcla de orgullo y dolor que los atraviesa como un fierro caliente. Aseguran que todavía no caen, no se reponen del brutal golpe que les dio la vida. Que creen que en cualquier momento vuelve de viaje, que atravesará ese pasillo comercial que desemboca en la banquina chica y los fundirá en un abrazo.

Los hijos de Miguel Quiquinte sueñan despertarse de esta pesadilla.

Andrea, Simón y Martha, los mayores, estuvieron en Río Gallegos para el reconocimiento del cuerpo y el pedido de la autopsia. Lo único que pudieron reconfirmar fue el Covid positivo que arrojó el segundo hisopado que se realizó en la ciudad capital.

Quieren saber exactamente cuándo falleció su papa, que habría sido víctima del abandono de José Alejandro Dirrolo, el capitán del potero Xin Shi Ji 89 que al cierre de esta edición todavía no había declarado en Prefectura de Puerto Deseado, en el marco de la causa que investiga el juzgado federal de Río Gallegos a cargo de Claudio Vázquez.

Los hermanos se juntaron en Mar del Plata para solicitarle al SiCoNaRA ayuda para regresar al sur a recuperar el cuerpo de su padre. “Hace quince días que el cuerpo de mi papá está en una heladera. Queremos recuperarlo, pero para eso el juez debe emitir una orden para liberar el cuerpo”, dice Maricel ante REVISTA PUERTO.

Manuel Quiquinte nació en Jujuy y siempre se vinculó con la electricidad. Llegó a Mar del Plata como electricista naval pero se dio cuenta que para mantener a su familia ya numerosa, en alta mar había más posibilidades. Por eso comenzó a estudiar para saltar al agua. Y la mecánica fue otra de sus pasiones. Capacitándose logró primero el título de Auxiliar de Máquinas hasta llegar a la máxima categoría: Conductor Superior de Máquinas.

“Lo único que pedimos es justicia. Mi papá nos enseñó a confiar en la justicia y eso es lo que hacemos con el juez de Río Gallegos. No queremos nada que no corresponda. Solo pedimos que se investigue y se llegue a la verdad. Mi papá está muerto porque los responsables de brindarle asistencia, de dar aviso a Prefectura, no hicieron lo que tenían que hacer”, dice Marta, de un tirón como para que la angustia no la sorprenda y el quiebre por el llanto deje el concepto inconcluso.

Manuel Quiquinte era simplemente “Manu” en los muelles del puerto de Mar del Plata. Un tipo que profesaba una profunda fe cristiana y siempre estaba atento a las necesidades de los más humildes. Les había prometido a sus hijos que esta zafra era la última, que se bajaba de los barcos, que iba a tener más tiempo para recuperar lo perdido por sus viajes al sur del mundo a pescar “las rabas”, como les explicaba a sus nietos cuando hablaban por videollamada.

“Desde que comenzó lo del coronavirus estuvo aterrado porque sabía de su peligrosidad. El año pasado casi no trabajó, se mantuvo aislado y cumpliendo todos los protocolos porque no quería contagiarse. Mucho más después que murió mi abuelo Prudencio, el papá de mi papá. Murió de covid… Él no viajó a Buenos Aires para despedirlo. Fue un momento difícil para todos y eso lo marcó aún más”, cuenta Maricel.

El grupo de hermanos y sobrinos se va desperdigando. Los más chicos que no conocían el puerto quedan sorprendidos con la siesta de los lobos marinos al borde de la banquina. Les da curiosidad y temor en dosis parecidas. Los más apurados emprenden el regreso a paso raudo con la mirada al piso.

Maricel es de las últimas en quitar los ojos de las lanchas que flotan en un agua verde espesa. Se queda inmóvil por varios minutos. Como si pudiera de esta forma estrechar el vínculo, tener a su padre más cerca, recordarlo caminando esta postal a la que trata de fijar sus contornos, olores, colores y grabarlos para siempre.