29/04/2022
“Coca Cola”, las nasas y una mañana al sol en la banquina

La lancha Siempre María Madre es la única de la banquina chica en Mar del Plata que pesca besugo con nasas. Pablo Arcidiácono, patrón, con parte de su tripulación, reforzaban las artes de pesca un día de buen tiempo, pero no para salir a pescar. Personajes en extinción de una postal que se evapora.

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Por Roberto Garrone Fotos Diego Izquierdo

Pablo Arcidiácono trabaja parado en el muelle de la banquina chica del puerto marplatense delante de su lancha, la Siempre María Madre, una de las pocas que todavía flotan en este lugar. Algunos lobos se desperezan al sol luego de dormir al reparo de la vieja sede de la Sociedad de Patrones Pescadores y todavía es muy temprano para el deambular de turistas en busca de renovar la foto familiar con las lanchas de fondo.

Enfundado en un buzo verde y una gorra beige que desentona con el vestuario pero cumple su función de guarecer del viento los pocos pelos que le quedan, “Coca Cola”, como lo conocen todos en su mundo de madrugadas frías, esperanzas marchitas y agua salada, hace un rato largo que permanece en la misma posición, aislado no solo de sus tres compañeros que copian sus movimientos unos metros más allá. Pablo parece habitar otro mundo.

Con la cabeza gacha y la vista fija en el nylon que va y viene, por arriba y por debajo del mimbre que le da forma a la nasa con las que está saliendo a pescar besugo. Por momentos le imprime velocidad a la muñeca, tensa el cordel y genera un nudo cuya resistencia chequea con dos tirones firmes. Revisa y arranca por otro sector y otra vez, una vuelta, dos, tres, una más por las dudas, nudo y tirón.

Trabaja con la concentración de un cirujano. Tan abstraído de lo que hacen sus manos que casi no escucha el saludo desde el piso superior de la banquina. Tampoco me ve bajar la corta escalera de piedra ni registra que ya estoy a pocos metros, mirándolo cómo sigue con su rutina. Cada tanto levanta la cabeza y mira la hilera de nasas dispersas frente a sus ojos.

No distingo cuáles ya han recibido el refuerzo del nylon negro y cuáles no. Para mí son todas iguales y están en perfecto estado de conservación, listas para subir a la lancha y salir a pescar. “Todavía faltan algunas”, contesta Pablo con la frialdad de quien completa un formulario de AFIP.

Pero de pronto ocurre un pequeño milagro. El pescador descubre a Diego, nuestro fotógrafo, y se le aflojan algunos tornillos de su caparazón. Lo ha llevado en la lancha a cubrir alguna jornada de pesca y los viejos recuerdos afloran entre sonrisas y muecas.

Ahora Pablo sonríe y aunque sigue con la espalda encorvada y las manos ocupadas en reforzar cada cruce de dos tiras de mimbre, ha recuperado ese vínculo con el mundo que lo rodea.

Cuenta que tienen que reforzar las trece nasas que embarcan en la cubierta porque se aflojan entre el agua salada, la correntada y algún salmón que se mete a comer la carnada: alguna anchoa de banco que le compran a otras lanchas.

«Bichos grandes, no sabes lo que son… primero meten la cabeza, después giran y se meten los hijos de p…», dice y mueve el cuerpo copiando lo que dice con la voz, en la que se distinguen con nitidez rastros evidentes de italiano.

Cuenta que salen a pescar en una línea en diagonal imaginaria hacia el sur, como a la altura del Faro de Punta Mogotes. Ahí van soltando las nasas cargadas con la carnada por un par de horas a unas 9 brazas, algo así como 18/20 metros, depende de los brazos de quien mida.

«Estamos juntando de 20 a 30 kilos por trampa. En la buena época tuvimos días de 180 kilos», aporta Miguel Bertino, jubilado, primo de «Coca Cola» y uno de los seis tripulantes que salen a pescar cada vez que el tiempo lo permite.

Miguel refuerza nasas como el resto de sus compañeros en esta mañana de sol en que la flota fresquera de altura comienza a ponerse en marcha en el Muelle Deyacobbi después del reclamo salarial, pero hay pronóstico de mal tiempo.

Fuertes vientos que en este paisaje de la banquina sirven para una sesión de reajustes en las artes de pesca. “Con viento crece la correntada, se levantan las olas y se complica maniobrar con nasas”, dice Miguel.

Noto que la presencia de Diego a «Coca Cola» le ha alegrado la mañana. Advierte que trabajamos juntos y me incluye en las conversaciones. Si bien no deja de tejer, lo hace de forma más espaciada para hacer alguna broma o recordar una historia.

Imaginan nuevos viajes de pesca juntos para registrar lo que solo ellos hacen en la banquina, lo de pescar besugo con nasas, si el prefecto Do Santos los deja, claro, y le pide a su primo que le saque una foto junto a Diego para enviársela al amigo en común que tienen, que tuvo sus días de marinero en la Siempre María Madre, aunque ahora eligió sacrificarse sólo por la música.

Al lado de Miguel, unas nasas más allá, están Daniel y Alfredo, dos marineros que hace dieciocho y veinte años se embarcan en la lancha. Pablo dice que no hablan, que son tímidos y parece tener razón. Son una familia en la que todos cumplen múltiples roles. Ahora es tiempo de reparar las nasas. “Si una trampa se rompe, falla y no pesca, eso es menos pescado y es menos plata para todos”, agrega Miguel, que busca en su celular fotos de las últimas salidas a besugo donde se ve la nasa con buena captura.

«El tamaño es bueno, 250, 300 gramos. Lo vendemos a mercado interno al mediano y grande, entre 150 y 170 pesos más o menos. Lo que es chico lo congelamos en la cooperativa (Coomarpes) y va para exportación», dice Pablo.

Su comprador para mercado interno llega de sorpresa a la banquina y se funden en un abrazo. Dice que hace veinticinco años que trabajan juntos y es como un hermano. “Siempre me espera… Ha habido veces que entramos de noche, tarde, y él estaba en la banquina esperándonos para levantar el pescado”, dice con una emoción tangible en su voz.

El plan de la lancha es cambiar de zona de pesca y buscar besugo en el Banco Sud, un poco más al sur del Faro y más lejos de la costa. «Ahí podríamos pescar bichitos más grandes. Por eso estamos reforzando la estructura», explica Miguel y renueva la esperanza de conseguir mejores capturas.

Los dejamos al pie de la lancha tal cual como los encontramos, con la cabeza gacha, concentrados en el viejo oficio de tejedores de artes de pesca. No de un paño tradicional, pero en la resistencia del mimbre también se juega el éxito o el fracaso de la salida.

El sol esta alto y hace rato dejó de ser una caricia tenue de otoño; ahora obliga a quedar en mangas de camisa. Los lobos dejan un reguero de pis y mierda en su traslado parsimonioso y maloliente del playón de Senasa al borde de una banquina que ya luce invadida por los turistas y sus alaridos de sorpresa, tan infundados como agudos.