13/05/2022
«Sin la certificación caerán las ventas»

Martín Discala, propietario del saladero “Delicias” e integrante del Grupo Cliente por la certificación de MSC analizó el traspié, anticipó un tiempo sombrío para la actividad y criticó la endeblez del informe remitido por el CONICET. “La falta de sentido común pone en riesgo el trabajo de ochocientas personas”.

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Por Roberto Garrone Fotos Diego Izquierdo

A partir de la suspensión de la certificación por parte de MSC para la pesquería de anchoíta bonaerense las capturas que este año realice la flota y por consiguiente el producto final que se exporte no tendrá la característica etiqueta azul.

“El año pasado acá produjimos un millón de kilos de anchoíta fresca y a partir de esta situación posiblemente compremos un 40 por ciento menos y nos volquemos al mercado interno y Brasil porque nuestros clientes españoles ya no querrán un producto no certificado y comprarán más a Perú que tiene menor calidad, pero es más barato”, dice Martín Discala en la planta de reprocesamiento de Pescadores al 320, en Mar del Plata.

La única planta bajo certificación FSSC, emplea a 40 mujeres bajo relación de dependencia que convierten la anchoíta salada macerada en tambores azules en filetes que extienden sobre un filme transparente y que luego serán envasados al vacío con destino al mercado brasileño, donde se fraccionarán para el mercado minorista o se revenden a grandes cadenas de pizzerías.

Antes había más de veinte saladeros y ahora “Delicias” es uno de los que se cuentan con los dedos de una mano que trabajan todo el año. Hay otros pocos más que se activan durante la zafra, una temporada cada vez más corta y con menos desembarques pese a que a la anchoíta le asignan una captura máxima sostenible de más de 100 mil toneladas.

“Que alguien me explique cómo puede ser que la anchoa del Mar Cantábrico pueda tener certificación cuando se capturan 33 millones de kilos en un área mucho más chica que la nuestra y nosotros que tenemos un mar más grande, pescamos 5 millones de kilos con cada vez menos barcos, la hayamos perdido”, dice el empresario que luego de la suspensión elevó una carta a todos los involucrados.

“No se ha podido comprobar el impacto negativo de la pesquería sobre aves y mamíferos y a mi entender tampoco se ha podido comprobar si realmente tiene impacto o no”, refiere en parte del documento al que tuvo acceso este medio.

Pasó más de una semana de la suspensión y Discala sigue mascullando bronca. “Creo que a los científicos que redactaron el informe les faltó sentido común. Si hay interacción con mamíferos marinos y aves esta debe ser cada vez menor porque hace cuatro años que el esfuerzo pesquero disminuye sobre el recurso. Antes pescaban veinte barcos, el año pasado fueron cuatro. Eso se debe poder reflejar”, remarcó el industrial.

En ese sentido lamentó que haya sido el propio sector el que contribuyó a que se pierda la certificación. “Acá no vino ningún científico, biólogo ni nadie del MSC a cuestionar la pesquería o a decirnos que estaban muriendo muchos delfines. Nosotros mismos no fuimos capaces de presentar un informe robusto que evidenciara la realidad; que es un recurso subexplotado y que encima cada vez se pesca menos. Por esa falta de sentido común se ponen en riesgo ochocientas fuentes de trabajo”.

Delicias se provee con materia prima del fresquero Raffaela, propiedad de integrantes de la familia pero que no todos están asociados al saladero. Cuando se obtuvo la certificación el otro integrante del Grupo Cliente era Centauro, que operaba con el fresquero Argentino.

“Ambos tuvieron siempre observadores a bordo y a partir de su trabajo se pudo proyectar al resto de la flota”, cuenta Rocío González, técnica en calidad de alimentos del saladero que trabajó en el proceso de reunir la documentación científica para ser auditada por MSC.

Los requisitos para mantener la certificación se fueron renovando, actualizando luego de la recertificación de 2016 cuando ingresaron nuevas empresas al Grupo Cliente. Se ajustaron los estándares a partir de la necesidad de ponderar ya no solo el recurso sino su ecosistema con otros indicadores.

“Ahí se ve que poblaciones de delfín oscuro, lobo de un pelo y aves, como los albatros, estaban en un listado del año 1975 como especies protegidas. A partir de ahí hubo que evaluar si esa población seguía estando en riesgo y se sabía, por datos de Observadores, que había interacción con esta fauna”, explica González.

Discala vuelve al ejemplo de la certificación en el Cantábrico. “Ellos también interactúan con aves y mamíferos, pero al ver su informe, le asignan un determinado puntaje que no los obliga a adoptar medidas de mitigación como sí tuvimos que hacer nosotros por los informes del CONICET”.

Esas pruebas de mitigación para atemperar la captura incidental de mamíferos y aves se aplicaron el año pasado sin éxito, ya que solo se probaron en un solo barco que armó las redes casi en el epílogo de la zafra.

“La zafra dura cada vez menos tiempo; no es fácil coordinar todo en tres semanas en las que puede haber mal tiempo, en medio de la pandemia… barcos que terminan tarde la temporada de langostino, otros que llegan y no quieren armar a pelágicas… No pudimos sumar información; ni siquiera sabemos si esas medidas sirven para mitigar la captura”, reconoce González, quien igual destaca todo el trabajo que se hace y que muchas veces no forma parte del informe a auditar.

“Creo que esto que pasó es un aprendizaje para todos –confiesa Rocío-. Todos debemos ajustar las clavijas y será necesario profesionalizar el proceso para, si no se puede generar nueva información, reflejar de otro modo lo que tenemos, lo que se hace, que cuatro barcos no pueden poner en riesgo poblaciones de algunas especies que ni siquiera sabemos si están en riesgo”

“Lo que sí sabemos que este año estará en riesgo es el trabajo de ochocientas mujeres. Cuesta entenderlo, pero es así. Se ha generado un daño innecesario”, concluye Discala, mientras en el salón de reprocesamiento las obreras siguen manipulando anchoítas en absoluto silencio.