06/12/2022
“El frigorífico es un elefante blanco y la merluza nos permite sobrevivir”

Dirigentes de la cooperativa marplatense Nueva Arhehpez analizaron la actualidad del emprendimiento que manejan desde la salida del propietario original en 2014. Infraestructura obsoleta y deficiente demanda inversiones permanentes. La materia prima que reprocesan para terceros les alcanza para mantener las fuentes laborales.

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Por Roberto Garrone Fotos Diego Izquierdo

Son las 10 de la mañana de un jueves de diciembre y Carolina Suárez ya tiene cara de agotada. Está sentada en un sillón de almohadones rojos, impecables, en la sala de oficinas de lo que en otros años fue Arhehpez, controlada por capitales chinos en Champagnat y Belgrano de la ciudad de Mar del Plata, lejos del puerto, pero donde eran frecuentes los conflictos laborales.

El ambiente revestido en madera parece detenido en el tiempo; despachos que nadie ocupa, estantes vacíos y un televisor de tubo de 20 pulgadas que lleva años sin que nadie encienda. No hay tierra ni polvo, sólo que no se respira clima laboral.

Lo importante pasa por otro lado, abajo, en la planta, en las cámaras frigoríficas, en mantener ocupados a los socios de la Cooperativa Nueva Arhehpez, el formato de autogestión que encontraron los trabajadores luego de una prolongada toma ocurrida ya casi 10 años atrás para mantener sus fuentes de ingresos.

Carolina ingresó en 1994 a la empresa como envasadora, aunque fue despinadora, calibradora y hasta filetera. En tiempos en que la cooperativa estaba en formación hasta preparó ensaladas y sirvió choripanes en la parrilla al paso que montaron por la avenida como alternativa para subsistir.

Aquellos tiempos hoy son fotos en sepia. Después de muchos esfuerzos recuperaron la planta y la pusieron en funcionamiento. “Los organismos de control nos permiten seguir funcionando porque saben de nuestro pasado y que acá somos todos laburantes; nos tienen mucha paciencia”, reconoce Carolina.

Hoy es la Presidente de la Cooperativa por esas cosas de un destino que no sabe de entregas ni repliegues. Confiesa lo obvio: “Nadie te prepara para conducir una empresa e intentar mantenerla a flote con casi sesenta asociados… ahora entendemos el otro lado; que alguna decisión o reclamo puede hacer tambalear todo”, dice recostada en el sillón mientras se saca los anteojos y se refriega los ojos en otro intento por despabilarse.

Asegura que pasa más de nueve horas por día en el frigorífico pero que llega a su casa y sigue con el teléfono abierto sin poder escapar, aunque sea por un rato, de lo que pasa en esta mole que ocupa toda la manzana y enfrenta facturas de luz por más de 2 millones de pesos mensuales cuando eleva un poco la productividad.

Recuerda una historia de aquellos tiempos de lucha e incertidumbre. “Un colaborador de Ho (antiguo dueño) al que intentamos sumar al emprendimiento nos dijo que no; “mujeres locas, muy locas, no poder con todo esto, muy grande…”, cuenta y por primera vez en la charla esboza una mueca, lo más parecido a una sonrisa de la mañana. “Nosotros lo único que nos importaba era seguir trabajando, no nos fijamos en eso”, acota.

La contracara del silencio de las oficinas del primer piso es la planta baja donde la actividad desborda en varios rincones. Están los fileteros cortando merluza; envasadoras que preparan las cunas para ingresar al congelado y los peones que ponen en cajas de 10 kilos el filet ya congelado que irá con destino a Brasil, previa parada en Frío Polar.

“Tenemos este elefante blanco, viejo, que se deteriora día a día, que hay que estar poniéndole plata siempre para poder mantenerlo funcionando”, dice Carolina sobre el frigorífico, el único en Mar del Plata que dispone de ocho cámaras de frío.

“Compramos un compresor para abaratar costos de energía, pero todavía no lo pudimos poner en funcionamiento. Recuperamos un sector donde se acumulaban cunitas para hacer una línea de fileteado y guardamos todo en la cámara Nº8, que es la más grande pero hoy no funciona porque tiene pérdida de frío”, describe Carolina.

La Presidente está acompañada por su antecesor en el cargo, Juan Carlos Narváez, quien oficia de responsable de planta y quien nos acompañó en la recorrida por las instalaciones. “Nunca dejamos de pensar como trabajadores, nos cuesta mucho poner límites, por ejemplo, o confiamos en gente que luego nos estafó”, dice Juan Carlos.

Para la cooperativa la rentabilidad lógica de una tonelada de merluza debería ser entre el 35% y 40% pero en Arhehpez todo es relativo. “Necesitaríamos al menos 400 cajones diarios para poder estar relativamente tranquilos. Si quisiéramos crecer tendríamos que trabajar los tres turnos.  Hoy el principal cliente nos entrega 1500 cajones por semana y eso nos alcanza para mantener las fuentes laborales. La merluza nos permite sobrevivir”, remarca la Presidente.

Los trabadores/dirigentes aseguran que en tiempos de Ho no había tres turnos pero sí trabajaban 16 horas por día. “Eso lo cambiamos; nadie puede trabajar tantas horas seguidas. No solo porque no rinde sino porque le quita tiempo a su familia”, coinciden.

En estos años con el frigorífico en sus manos los trabajadores de Nueva Arhehpez reprocesaron chauchas, clasificaron y congelaron corvina, descabezaron langostino, cortaron merluza, calamar y hasta caballa para la conservera Marbella.

“El pescado entero y el calamar es lo que más margen nos deja, pero las zafras son cortas. Una vez pudimos hacer dos contenedores con filet de merluza y exportarlo. Con eso pudimos saldar una deuda millonaria de luz. Pero no pudimos repetirlo; es muy difícil y la inflación modifica los insumos y las tarifas de servicios”, dice Narváez.

“Aún trabajando nos cuesta mantenernos. Es muy difícil mantener el edificio, los servicios, porque todo sube y no podés actualizar el precio del servicio. No hay retroactivos… lo que trabajamos en septiembre se facturó y se cobró”, dice Carolina, quien reconoce que una de las ventajas que tienen, a pesar de todos los problemas, es que los clientes ya tienen confianza en que no tendrán problemas si mandan a cortar el pescado con ellos.

“Prestamos un servicio. Cuando hay pescado trabajamos y cuando no hay buscamos que el pescado llegue de otro lado para seguir trabajando. No presionamos a nadie para que nos entregue pescado”, asegura.

Acá no pagamos alquiler, pero te aseguro que si alquiláramos una planta quizás nos iría mejor. Todos los días tenemos que poner plata para poder seguir trabajando. La sala de máquinas es muy vieja y cuesta mantenerla”, explica Narváez.

Arreglar la cámara frigorífica N°8, subsanar la pérdida de frío que tiene, representaría una gran ventaja para la cooperativa porque les permitiría ahorrar energía. Es tan grande esa cámara que podrían desactivar las cuatro que hoy tienen funcionando y almacenar toda la materia prima ahí.

Mientras los trabajadores toman el cuarto de descanso en la planta baja, en las oficinas los dirigentes de la cooperativa imaginan un futuro mejor, sin arrepentirse nunca del paso que dieron en defensa de su propio sustento laboral: aunque ahora ese frigorífico que les quitó el sueño durante muchos años se les viene encima.