Si analizamos objetivamente el derrotero en materia económica del gobierno del Presidente Milei, veremos claramente que los resultados se componen de varios fracasos y de victorias pírricas o burdas mentiras acerca de triunfos que nunca ocurrieron. El “genio loco” que venía a salvarnos; el “especialista en crecimiento económico con o sin dinero” que daba cátedra como panelista de televisión; el bocón que en campaña blandía su teléfono con ofertas varias de decenas de miles de millones de dólares, a él ofrecidos, que nos sacarían del estancamiento, permitirían terminar con “la estafa” del Banco Central, pulverizarían la inflación y nos librarían del cepo cambiario; todo ello ha quedado en el triste anecdotario de un pretendido semidios que hoy, desnudo, se parece más a un standupero guarango y sin gracia que a un estadista promedio, aunque más no sea.
Es cierto que la inflación está bajando, sí, pero no es menos cierto que esa baja solo se vuelve considerable si tomamos como punto de partida la explosión inflacionaria provocada por el propio gobierno en su inicio, gracias a una brutal devaluación que, por otra parte, se hizo aislada de un conjunto de medidas o plan económico que la tornasen virtuosa.
También es cierto que se logró un superávit fiscal publicitado hasta el cansancio y que se está llevando a cabo uno de los mayores ajustes de los que se tenga memoria. Sí, sí, es cierto, tan cierto como que la mayor parte de ese costo se está pagando con la pauperización de nuestros jubilados, la paralización de la obra pública, pagadioses varios de las deudas del estado, nuevos tributos como el Impuesto País y la reinstauración de otros, como el impuesto a los sueldos de las clases medias.
En lo que va del año se han perdido mas de 144.000 trabajos registrados y se llegó al récord de seis meses consecutivos de caída de la actividad económica. Solo desde el 10 de diciembre hasta el 4 de julio se llevan presentados 38.178 procesos preventivos de crisis de empresas que necesitan reducir personal o directamente cerrar sus puertas. La emisión monetaria, si es que realmente se detuvo, lo hizo recién la semana pasada y los que nunca se detuvieron aún son los niveles de endeudamiento de las cuentas públicas.
La economía del país está parada. Todos son hitos históricos de un gobierno brutal e insensible que nos sumergió en la mayor caída del consumo desde 2001, en el mayor índice de pobreza e indigencia de la historia y con otro récord imbatible cual es el de haber sumado 10 puntos porcentuales de pobres a la estadística de nuestra vergüenza en solo tres meses de gestión.
No soy analista económico ni un académico prestigioso capaz de explicar la complejidad de por qué pasan todas esas cosas, pero todo esto es lo que pasa. Y para mi propia tranquilidad veo diariamente que hay muchos economistas muy valorados que describen cosas como las que veo y vemos muchos de los que queremos ver.
Entiendo claramente que desde hace décadas experimentamos el fenómeno de la sábana corta y una caída sistemática y sostenida del PBI per cápita que nos marca claramente que tenemos menos dólares de los que necesitamos para ser el país que queremos ser. Entiendo desde mi humilde lugar y sin ser ningún líder mundial de la libertad, que lo que nos falta son dólares y se me ocurre que tal vez podríamos conseguirlos si exportásemos más.
Veo un país con su capacidad industrial instalada que trabaja a la mitad de sus posibilidades y, por otro lado, a un gobierno que se nutre de lo peor de la casta que dijo iba a combatir. Veo al Ministerio de Economía en manos de traders y timberos y que se incorporan tipos como Sturzenegger que son mucho mas famosos por sus resonantes fracasos que por sus aciertos: la explosión de la convertibilidad o la estafa del megacanje, por nombrar solo algunos.
Me desenvuelvo dentro de una industria como la pesquera a la que he visto invertir y reconvertirse como casi a ninguna otra en los últimos diez años y pienso que es ese el camino y casi por traslación supongo que no solo la pesca puede hacerlo. Y que si tratásemos de que así fuese podríamos tener mas dólares, vivir mejor y hasta ir pagando nuestras deudas.
Observo sin ninguna pretensión de universalidad que otros países de la región, que hace muchos años ni se podían comparar con el nuestro, hoy crecen a ritmo sostenido sin estar gobernados por ningún genio y haciendo cosas, más o menos todos las mismas, que responden a cierta normalidad hija de la época, cuñada del sentido común. Y parece que les va bien aún sin tener la preeminencia de los consejos de su perro muerto, en el caso de que los tengan ‘QEPD’.
Y no son ninguna cosa del otro mundo: si quieren multiplicar sus exportaciones de granos tratan de que el productor agropecuario gane plata. Si quieren exportar mas carne, generan políticas que favorecen por unos años la retención de vientres para multiplicar las cabezas de ganado y luego tener más animales para vender y ganar mas dólares. Si tienen que pagar muchos aranceles en sus exportaciones, tratan de generar acuerdos comerciales con los países compradores de sus productos. Si la carga financiera es impedimento se hacen programas de prefinanciación de exportaciones o diferimiento de impuestos. Si los costos laborales los dejan fuera de mercado se ve la forma de limar esas asimetrías y que se pueda generar empleo. Y si son un poco más inteligentes, invierten en ciencia y tecnología pensando en mediano y largo plazo.
En definitiva, si lo que se necesitan son dólares, no parece muy descabellado bajar un poquito los impuestos y/o las retenciones para poder salir al mundo a valores de mercado con nuestros productos. Tal vez las monedas que se pierden en la ventanilla de la recaudación de impuestos se transformen en billetes que vienen al país por las puertas de la Aduana.
Pero volviendo al palo nuestro, la industria pesquera experimenta hoy un nivel de incertidumbre y rentabilidades de quebranto como hace mucho tiempo no se vivía. En Argentina no es rentable ni siquiera exportar langostino entero, no hablemos ya de productos reprocesados con alta carga de valor agregado. Como muchas otras actividades industriales, la pesca soporta una altísima y distorsiva carga impositiva y costos internos que, en momentos como este de mercados deprimidos y precios a la baja, la dejan fuera y con sus números en rojo.
Tener una empresa pesquera es sufrir un costo financiero y de riesgo como pocas otras industrias tienen. Se padece un gobierno que banalmente la compara con la minería, que paga el 3% de una materia prima no renovable que verá varias veces multiplicado su valor hasta terminar en una batería que cuesta mil veces lo que de aquí se extrae. La pesca, además de generar decenas de miles de empleos remunerados muy por encima de la media, explota recursos renovables y bien administrados. Si bien es cierto paga cerca del 2% de derechos de extracción, aporta más del 40% de su facturación en impuestos y aranceles varios de un producto que sale de nuestro país a un valor muy cercano al precio final que pagarán los consumidores. La comparación que hace el gobierno para denostar a la pesca es una idiotez.
Por estos días la incertidumbre ha escalado a niveles desconocidos hasta hoy. Las cuotas pesqueras de varias especies están por vencerse a fin de año y el sector no encuentra interlocutores válidos para saber qué pretende hacer el gobierno con ellas. El Subsecretario de Pesca está pintado al óleo y ni siquiera sabe qué quiere hacer su propio gobierno con el tema. Sabe perfectamente qué dice la ley, pero ni se anima a abrir la boca por no quedarse sin el carguito. Los cupos se deberían repartir según los méritos que prevé la propia ley relacionados con captura histórica, cantidad de empleo generado, inversiones realizadas y demás virtudes. Por el contrario, el gobierno ha hecho saber que desprecia tales activos y que le da lo mismo una industria desarrollada, decenas de miles de empleos y mas de 2000 millones de dólares en exportaciones, que cuatro dólares que ponga algún empresario de cualquier parte del mundo que quiera llevarse el pescado. No importa el trabajo, la riqueza derramada ni las exportaciones. No los ven.
Así las cosas.
