Un pez no atraviesa el mar sin dejar rastros. Al nadar libera escamas, células, mucus, materia fecal y gametas. Todos estos restos contienen material genético. Los científicos pueden recuperarlo al filtrar una muestra de agua y compararla con bases de datos para saber qué especies estuvieron allí.
Esta técnica se conoce como ADN ambiental —o eDNA, por sus siglas en inglés—. Ya no es una curiosidad de laboratorio: comienza a utilizarse para estudiar la biodiversidad y seguir poblaciones animales sin necesidad de observarlas o capturarlas. Ahora Estados Unidos analiza incorporar de manera sistemática a la ciencia que sustenta la gestión de sus pesquerías.
El 6 de agosto de 2026 se presentó en el Senado estadounidense el proyecto S. 5273, denominado Fisheries Science Modernization Act of 2026. La iniciativa, respaldada por legisladores republicanos, demócratas e independientes, fue enviada a la Comisión de Comercio, Ciencia y Transporte. Al 29 de agosto seguía en su etapa inicial y aún no había sido aprobada. Su propósito es sumar el ADN ambiental y otras herramientas biomoleculares a los programas de NOAA Fisheries.
El proyecto no propone reemplazar las campañas tradicionales. Plantea crear un programa piloto para probar y validar el método en distintas especies y regiones, tomar muestras de agua durante campañas ya existentes, establecer estándares comunes y construir series de datos que, con el tiempo, puedan incorporarse a las evaluaciones pesqueras.
Una red que no captura peces
La imagen es sencilla: en lugar de capturar un pez, se toma agua a distintas profundidades, se la filtra y se analizan los fragmentos de ADN que quedaron retenidos. Es, en cierto sentido, una red invisible: no atrapa organismos, sino las huellas que dejaron a su paso.
El análisis puede buscar una especie en particular. Otra modalidad, llamada metabarcoding, permite reconocer al mismo tiempo numerosos organismos presentes en una muestra. Para que el resultado sea confiable se necesitan protocolos rigurosos y buenas bibliotecas genéticas de referencia. También hay que comprender cuánto tiempo permanece el ADN en el ambiente y qué distancia pudo haber recorrido antes de ser recolectado.
En términos generales, cuantos más peces hay, mayor suele ser la concentración de su ADN en el agua. Por eso, la técnica podría servir no solo para confirmar la presencia de una especie, sino también para construir indicadores de abundancia y seguir cambios en el espacio y el tiempo. Sin embargo, pasar de una concentración de ADN a una estimación de biomasa —es decir, de la cantidad total de peces— exige calibraciones, muestreos repetidos y una evaluación explícita de la incertidumbre.
Una de sus grandes ventajas es que puede ampliar la cobertura de los estudios con costos relativamente bajos. Las muestras pueden obtenerse desde un buque de investigación, una embarcación pesquera, una boya o un vehículo autónomo. La técnica también permite estudiar sitios donde operar una red de arrastre sería peligroso, costoso o imposible.
Además, las muestras pueden conservarse y analizarse nuevamente. El agua recolectada para buscar una especie podría utilizarse más adelante para estudiar otros peces, mamíferos o integrantes de la trama alimentaria. Una sola muestra puede guardar mucha más información de la que se buscó originalmente.
La prueba con la merluza del Pacífico
Una de las pruebas más importantes se realizó durante una campaña de merluza del Pacífico en 2019. Científicos de la NOAA recolectaron agua a diferentes profundidades en 186 estaciones de la costa oeste de Estados Unidos. Al mismo tiempo, el buque Bell M. Shimada utilizó equipos acústicos —que detectan organismos mediante ondas sonoras— y efectuó lances de pesca para comprobar qué había bajo el agua.
El análisis posterior mostró que la concentración de ADN de merluza podía describir su abundancia y distribución con resultados comparables a los obtenidos mediante acústica y arrastre en la extensa zona estudiada. Fue una prueba decisiva: el método podía funcionar a la escala de una pesquería oceánica y no solo en ríos, lagos o pequeñas áreas costeras.
A su vez, el mismo ensayo dejó en claro su principal limitación. El ADN ambiental puede señalar dónde aparece una especie y aportar un indicador de abundancia, pero no informa directamente la talla, la edad, el peso, el estado reproductivo ni la composición por edades de la población. Para conocer esos datos todavía es necesario capturar y examinar ejemplares.
Además, detectar ADN no siempre significa que haya peces exactamente en el punto de muestreo. Las corrientes pueden transportar el material genético, y la temperatura, la radiación solar y el paso del tiempo influyen en su degradación. Una muestra contaminada puede indicar una presencia inexistente; una concentración muy baja, en cambio, puede hacer que una especie pase inadvertida.
Por eso, la discusión científica no consiste en elegir entre ADN ambiental o campañas. El desafío es combinar muestras genéticas, acústica, lances de pesca, observadores, imágenes y estadísticas pesqueras. Cada fuente aporta una parte distinta de la historia.
Argentina no parte de cero
En el país ya existen antecedentes que permiten pensar aplicaciones concretas, aunque el ADN ambiental todavía no se utiliza para estimar la abundancia de recursos pesqueros comerciales.
Un informe del INIDEP sobre el zooplancton de la Unidad de Manejo B de vieira patagónica recomendó preservar parte de las muestras para identificar mediante técnicas genéticas las larvas que no podían distinguirse por su aspecto. Es un antecedente preliminar, pero relevante: muestra la necesidad de sumar herramientas moleculares y de construir referencias genéticas locales para comprender mejor el reclutamiento, es decir, la incorporación de nuevos individuos a la población.
Más recientemente, una investigación realizada en el canal Beagle utilizó metabarcoding de ADN ambiental para estudiar comunidades de vertebrados marinos. El trabajo, publicado en agosto de 2026, detectó 43 grupos taxonómicos —25 peces, trece mamíferos y cinco aves— y encontró diferencias claras entre los sectores central y oriental del canal. Entre las especies identificadas apareció la sardina fueguina, cuya explotación experimental ingresó recientemente en la agenda del Consejo Federal Pesquero.
El estudio del canal Beagle ofrece una línea de base sobre biodiversidad, no una evaluación de biomasa pesquera. La diferencia es clave: detectar una especie no significa que ya pueda calcularse cuánto se puede capturar. Para dar ese paso se necesitan muestreos repetidos, comparaciones con métodos independientes y modelos que relacionan la concentración de ADN con la abundancia real.
Una oportunidad para ampliar las campañas
Aunque la técnica es novedosa, el INIDEP ya comenzó a transitar este camino. La creación, en 2026, del Gabinete de Investigación en Salud Ambiental y Microbiología —orientado a evaluar y monitorear la salud de los ecosistemas marinos— abre la posibilidad de incorporar el ADN ambiental al seguimiento de la biodiversidad. Tomar muestras de agua de manera sistemática durante las campañas permitiría comparar métodos en las mismas estaciones y profundidades, validar la técnica para cada recurso y fortalecer las bases genéticas locales.
La vieira patagónica ofrece un primer antecedente. También podrían explorarse aplicaciones en especies pelágicas, organismos difíciles de capturar, estadios larvales y cambios de distribución asociados con variaciones del ambiente. En recursos como la merluza o el calamar, cualquier uso cuantitativo requerirá una validación específica: los resultados obtenidos con la merluza del Pacífico no pueden trasladarse automáticamente al Atlántico Sudoccidental.
La pregunta, entonces, no es si una muestra de agua puede reemplazar a un buque de investigación. Hoy no puede y posiblemente nunca lo haga. Su verdadera promesa es otra: sumar una nueva fuente de información a una evaluación integral de los recursos marinos. Cada campaña, embarcación colaboradora o plataforma oceanográfica podría convertirse también en un punto de recolección genética.
En un escenario de especies que cambian su distribución, costos crecientes y necesidad de tomar decisiones rápidas, el ADN ambiental puede enriquecer la gestión pesquera. Pero la tecnología, por sí sola, no alcanza. Su valor dependerá de protocolos consistentes, bases de referencia completas, personal capacitado, continuidad presupuestaria y, sobre todo, de su integración con la ciencia que ya sostiene el manejo de las pesquerías.
