De los 236 sitios donde se reprocesa pescado en Mar del Plata, el censo pesquero reveló que 145 funcionaban como empresas, 43 lo hacían como cooperativas de trabajo, 5 con una modalidad dual de empresa/cooperativa, y se detectaron 42 emprendimientos que se clasificaron como informales.
Sentados en el primer piso de un café céntrico, bien alejados de las calles donde late la industria, tres fileteros desconfían de esas cifras y aseguran que son muchísimas más las cuevas clandestinas donde se corta merluza en condiciones que no cumplen ningún parámetro de higiene, salubridad y comodidad, tanto para los trabajadores como para la materia prima cuyo destino final es el consumo humano.
“Yo fumo mientras corto pescado, arriba del acrílico”, dice uno de los trabajadores cuyo nombre decidimos mantener en reserva para que pueda seguir sobreviviendo de changas. “Hace 20 años que trabajo en el puerto y este año es la primera vez que cambio de lugares tantas veces. Debo haber laburado en 8 o 10 covachas”, revela “M”.
“Las cuevas se han extendido hacia el sudoeste… En la zona de Juramento y García Lorca antes había 10 sucuchos… ahora debe haber más de 30. Por toda la Diagonal… por la calle 47, la 55, la 57… hay una planta de fileteado atrás del camping El Griego, en barrio Santa Rosa, pasando Rumencó”, especifica “L”, una mujer de piel blanca y un rodete tirante que le corona la cabeza.
El tercero de los trabajadores es menos locuaz que los otros dos. Con timidez cuenta que hace 10 años vive de changas como filetero y nunca como ahora se vulneran los derechos laborales de los obreros del pescado. “Ya no hay cooperativas; esa figura se va perdiendo. Ahora son personas, capangas, que reciben unos 200 o 500 cajones y llama a la gente para cortarlo”, dice “A”. “Ya no funciona tanto la radio sino por los estados de whatsapp”, acota.
Al describir los lugares donde corta merluza, señala que, “en su mayoría, no hay agua corriente, luz eléctrica ni vestuarios para cambiarte. Tenés que llegar ya vestido y por ahí estar 10 horas cortando pescado sin un lugar para descansar que no esté mojado. Hay un lugarcito donde calentás el agua y vas a tomar un mate a la calle”.
“Hay una que funciona al fondo de un chalet, cerca de la Plaza San Antonio”, aporta “L” y mira a “M”, sentado del otro lado de la mesa. “Hay cuevas que en lugar del acrílico directamente está la losa; vuelcan el pescado ahí y ahí se corta, sin hielo, entre medio de los residuos, moscas, con los cajones al sol”, describe con la naturalidad de quien comparte los ingredientes de una receta.
“Ese pescado va a mercado interno o a exportación y sale de lugares que no tienen habilitación de nada, no tienen nada, salvo el que te engancha de la luz, el que te conecta a la red de agua, el que arregla con la Municipalidad, con SENASA…”, completa “L”, quien ahora no trabaja porque quiere estar cerca de su hija, que está en una edad “complicada”, sintetiza.
La trabajadora recuerda cuando comenzó a vincularse con la industria. Fue hace 6 años como mano de obra intensiva de “Los Rodríguez”, pelando y descabezando langostino en Frío Polar y la planta de Barillari, en José Hernández 69.
“Me cansé de los malos tratos y la presión de trabajar 18 horas por día y que te pagaran dos monedas”, explicó. Cuando pudo encontrar un lugar donde cortar, la vulnerabilidad laboral nunca se apartó del camino. “Era un galpón que cuando llovía te mojabas más adentro que afuera. El pescado era un desastre, nos moríamos de frío, el baño no tenía presión, se tapaba… ahí éramos como 18 o 20 fileteros y algunas despinadoras porque cortábamos para mercado interno”, recuerda “L”.
En el censo pesquero no hay mayor profundidad que las enfermedades profesionales generadas por el oficio. La marginalidad y desamparo que sufren estos fileteros y como ellos, miles de trabajadores del pescado en Mar del Plata, no aparece en los cuadros estadísticos.
“Reclamar una mala liquidación porque la producción no coincide con lo que te pagan es sinónimo de despido. Si te cortás trabajando no hay lugar donde atenderte ni una garantía porque no podés seguir yendo hasta que te cures. Pero ellos te rajan, nadie paga un accidente de trabajo, una indemnización. Cortado y desangrándote tenés que seguir laburando porque el pescado hay que terminarlo. Eso es lo único que les importa”, dice “M” y muestra distintas cicatrices en su dedo índice.
“Él dijo que fumaba arriba de la mesa mientras cortaba –dice “A” como pidiendo permiso para intervenir-. He visto compañeros fumando crack en pipa en un baño, o tomando cocaína. La marihuana ya es cosa de todos los días… como el tabaco. Arrancan con el alcohol temprano, mientras esperan que llegue el pescado. Luego para bajar la droga siguen tomando cerveza. La cubren con en el hielo del pescado, tipo frapera, y siguen… Todo es un descontrol, de un lado y del otro “, reconoce.
“Cómo querés que después no haya lastimados; la droga está en todos lados –aporta “L”- Trabajamos con cuchillos filosos y la gente está cansada, incómoda, borracha, drogada… en pocos lugares no se puede hacer esto que cuenta mi compañero. Nadie dice nada, ningún capataz llama la atención a nadie; ya se ha naturalizado. Uno se corta, abandona la mesa y afuera hay gente esperando”.
Como toda especie cuotificada, para exportar merluza se requiere de un certificado de captura legal. Tal vez haya llegado el momento de establecer y exigir condiciones de reproceso dignas, que respeten los derechos de los trabajadores.
Las descargas de merluza en Mar del Plata aumentaron casi 10% en lo que va del año. El aporte de buques fresqueros de altura a la oferta de merluza fresca creció en 20 mil toneladas en relación al año pasado. Aumenta la disponibilidad de materia prima y sobran obreros capaces de cortarla. El problema en Mar del Plata es la anarquía que se dibuja al momento de convertir el pescado en filet.
“Hasta hace un mes costaba mucho encontrar mesa”, cuenta “M”. “Ahora que volvieron los barcos del sur puedo elegir dónde ir. Algunos pagan hasta 700 pesos por kilo”, revela. “A mí me pagan 630 pesos”, dice “A”. Los tres coinciden que en cooperativas medianamente formales el kilo no llega a los 600 pesos.
Cuando comenzó la charla y como para vencer posibles temores, les ofrecimos que tampoco teníamos intenciones de publicar las direcciones de las cuevas clandestinas donde suceden estos hechos de explotación laboral narrados por los propios trabajadores.
Después de casi una hora de charla, “M” ha cambiado de opinión y el resto lo acompaña en su razonamiento. “No importa si salen o no las direcciones porque igual podemos quedarnos sin laburo. Para ellos nosotros somos una cosa que corta pescado, nada más”, consideró.
“San Salvador 4447; Ortiz de Zárate 4085; Irala 4840; Lanzilota y Gutenberg; Gianelli entre Vértiz y San Salvador; Gianelli y Ayolas”, son algunos de los establecimientos donde han sucedido algunos de los hechos descriptos en la entrevista.
Dónde está el sindicato en esta historia. Cristina Ledesma siempre ha sostenido que la intervención del gremio para defender los derechos laborales de los trabajadores implicaba la inmediata represalia que los depositaba con los pies en la calle.
Ya se quedan en la calle por mucho menos, por reclamar lo que creen justo, por cortarse un dedo con el cuchillo, por pretender trabajar no más de 10 horas, por enfermarse. “Si dicen que el gremio defiende al obrero es mentira… Yo nunca vi al gremio en estos lugares donde cortamos y ellos saben bien dónde quedan”, cuestiona “M”.
“No tenemos derecho a nada, ni siquiera podemos tener una rutina… te llaman a las 2 de la mañana, a las 2 de la tarde, a las 9 de la noche y si querés darle de comer a tu familia, tenés que ir“, lamenta “A”.
En momentos en que en la Comisión de Intereses Marítimos en Diputados se discuten distintos proyectos sobre trazabilidad de los productos pesqueros, ninguno parece con intenciones de incluir estos eslabones caídos del sistema. Miles de trabajadores que parecen habitar el siglo XIX. Y que para todas las autoridades parecen invisibles.
